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NARRADOR:
JUAN DIEGO NO PODÍA SALIR DE SU
ASOMBRO, NO ATINABA A ENTENDER SI ESTABA DISFRUTANDO DE SUS SENTIDOS O SI
EMPEZABA A ENLOQUECER. TODO EN SU DERREDOR ERA EXTRAÑO PERO HERMOSO, EL CIELO
ESTABA ILUMINADO DE BELLOS COLORES, EL VIENTECILLO ACARICIABA SUS MEJILLAS Y TRAÍA
UNA LIGERA MÚSICA CELESTIAL. TODO,
TODO EN LO QUE SU VISTA ALCANZABA APARECÍA
BRILLANDO CON UNA LUZ CLARA. LA
VIRGEN MARIA A QUIEN HABÍA RENDIDO DURANTE
TODA SU VIDA VERDADERA
ADORACIÓN ESTABA JUNTO A ÉL, SE ACERCÓ UN POCO MÁS A LA HERMOSA SEÑORA
QUE LO LLAMABA, LA MIRO EXTASIADO
POR TANTA BELLEZA. VIRGEN:
¡Juanito,
el más pequeño de mis hijos!, ¿a donde vas? JUAN
DIEGO: Señora
y niña mía, tengo que llegar a tú casa de México que alevantan en
Tlatilulco, a seguir las cosas divinas que nos dan y que nos enseñan los señores
sacerdotes; y que son delegados por mandato de Dios nuestro señor. VIRGEN:
Sabe y ten entendido, tú el más
pequeño de mis hijos; que yo soy la Virgen Santa María madre del verdadero
Dios por quien se vive, del creador cabe quien está todo, señor del cielo y de
la tierra ; sabe y ten
entendido que deseo que se me
erija aquí un templo, para dar todo mi amor, compasión
auxilio y defensa, pues yo soy vuestra
Madre piadosa y a ti y a todos vosotros
juntos los moradores de esta tierra y a los demás amados míos que me
invoquen y en mí confíen, quiero oír en dicho templo sus lamentos y remediar
todas sus miserias, penas y
dolores. JUAN DIEGO:
Si señora y niña mía, oigo palabra que dices y te contesto que tengo voluntad
de obedecerte, tan pronto como acabes de decir palabra de mandato. VIRGEN:
Juan Dieguito, el más pequeño de mis hijos, para realizar lo que mi clemencia
pide y pretende, ve al palacio del obispo de México,
buscale y háblale y le dirás, como yo te envío
a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el monte, en el cerro del
tepeyac, me edifique un templo. JUAN DIEGO:
Si niña mía, le diré palabra que
me ordenas, se la diré como tu la dices. VIRGEN:
Le contaras cuanto has visto y admirado y lo que has oído. JUAN DIEGO: Si niña mía. VIRGEN:
Espera, ten por seguro que te lo agradeceré
y bien pagare, por que te haré feliz; y merecerás mucho que recompense
tu trabajo y fatiga, con que vas a
procurar lo que yo te encomiendo. JUAN DIEGO:
Si, señora mía. La más pequeña de mis niñas cumpliré tu deseo, lo cumpliré
con sincero gozo de mí corazón.
Señora mía ya voy a cumplir tu
mandato, por ahora me despido de ti; tu humilde siervo. NARRADOR: ACICATEADO POR EL DESEO DE OBEDECER, BAJO DEL CERRILLO A PASO DE CAMINO COMO EL MISMO DECÍA, TOMO LA CALZADA QUE LO LLEVARÍA DIRECTAMENTE A LA CIUDAD.
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