LA DESPEDIDA  

 

NARRADOR: MARIA SE HALLABA SEPARADA  DE SU HIJO. TIERNA Y AMOROSA MADRE QUE LLORABA EN SILENCIO LA TRISTE SOLEDAD DE  SU CORAZÓN, EN SU DOLOR DIOS LE HABÍA CONSEGUIDO TRES AMIGAS QUE NO LA ABANDONARON NUNCA, ELLAS ERAN: “MARIA CLEOFE”, “MARIA MAGDALENA”, “MARIA SALOME”. MUCHAS VECES LA AFLIGIDA MADRE DEL REDENTOR DEL MUNDO SOLÍA DECIR A SUS AMIGAS:

MARIA: ¡Corramos hermanas!, mi hijo se haya en Galilea, ¡corramos a oír entre la absorta muchedumbre sus divinas palabras!

NARRADOR: Y ENTONCES AQUELLA MADRE ELEGIDA POR DIOS PARA LLEVAR EN SUS ENTRAÑAS EL FRUTO BENDITO DE LA REDENCIÓN, VELADO EL ROSTRO, BAJO EL TUPIDO VELO DE LAS HIJAS DE ISRAEL Y EL CUERPO TRAS LA GENTE QUE RODEABA A SU HIJO, ESCUCHA EMBELESADA AL AQUEL QUE MAS TARDE  DEBÍA DE MORIR EN EL CALVARIO TRASPASÁNDOLE EL CORAZÓN DE AMARGURA.

LA VIRGEN ERA SOCORRIDA DESDE LA MUERTE DE SU ESPOSO JOSÉ, POR LA MANO CARITATIVA  DE ALGUNA RICA GALILEA.

MIENTRAS TANTO LA HORA SEÑALADA POR DIOS SE APROXIMABA. JESÚS LLEGO A LAS CERCANÍAS DE CARFANAUM, DE REGRESO DE SU ULTIMO VIAJE. EN UN SENDERO QUE CONDUCÍA A LA CIUDAD HALLO A SU MADRE, ACOMPAÑADA DE LAS TRES INSEPARABLES AMIGAS QUE NUNCA LA ABANDONABAN. LA MADRE SE ARROJABA LOS PIES DE SU HIJO, JESÚS LA LEVANTO CON DULZURA. LOS DISCÍPULOS Y LAS MUJERES SE SEPARAN DEL TIERNO GRUPO QUE SE HABÍA REFUGIADO A LA SOMBRA DE UN ÁRBOL. ENTONCES ENTRE AQUELLA MADRE AMOROSA Y AQUEL HIJO QUE CAMINABA HACIA EL  MARTIRIO, OCURRIÓ UNA ESCENA, UN IDILIO AMOROSO CUYAS DULCES PALABRAS SE PERFUMARON CON LA ESENCIA PURÍSIMA DE LAS ROSAS DE ZABULÓN.

JESÚS: ¡Salud y paz madre mía!

MARIA: Me han dicho, hijo y señor, que te diriges a la ciudad que mata a  los profetas, a la impía Jerusalén, ¿es cierto eso?.

JESÚS: Dios mi padre lo ordena; la hora de aproxima; debo, pues cumplir sus ordenes, mi muerte decretada está en los cielos de donde descendí gustoso a morir por el hombre. Mi sangre lavara en breve la culpa cometida en el paraíso. Mi sangre será la semilla que ha de dar mañana fruto a la humanidad.

MARIA: Llévame contigo, has que mi pecho lance el ultimo suspiro con el tuyo. Déjame  morir a tu lado.

JESÚS: “Tu, madre mía has de sobrevivirme, más no temas, será por cortos instantes. En la cumbre del Gólgota, paloma solitaria y dolorida, arrullarás con tus tristes gemidos la amargura de mi muerte. Todos me dejaran; tu sola arrodillada al pie del leño, confundirás tus lagrimas con mi sangre;  porque tu humilde violeta de Nazaret,  has nacido para sufrir agudísimos  dolores en la tierra del hombre, y perfumar desde el cielo la dolorosa agonía de la raza humana; porque tú, prestaras eternamente tu bienhechora sombra a los desgraciados porque tú, arca sellada donde se encierra la infinita clemencia de dios, serás el faro del perdido  navegante, la luz reanimadora que guía el paso del cansado peregrino; tu nombre glorioso será invocado  en los momentos de amargura, y tu pureza resplandecerá eternamente como los luminosos rayos del sol.

¡No llores, mujer!, que pronto nos tornaremos a reunir en la morada eterna.

                   Ya lo he dicho, nuestra separación será corta, ¡por que yo soy tu esencia! y tu mi aliento, ¡por que mi vida depositada esta en tu misma vida! En el libro inmortal este escrito en este misterio  que tal vez no comprendes. Tranquiliza tu espíritu y espera con serenidad la ultima hora”.

MARIA: ¡Oh! Señor revoca tu sentencia, compadécete de mi dolor y mi amargura; recuerda que siendo niño te alimente con el jugo de mis pechos, que abrigado en mi seno te lleve a Egipto; que mi mayor placer en mis horas de agonía era besar tu frente, blanca como la cumbres del Sabino, pura como la gota de roció que se cobija bajo el perfumado Cáliz de los lirios del valle. ¡Entonces!, en tu boca sonrosada  como las rosas de Jericó vagaba una sonrisa que era mi encanto, toda mi felicidad. ¡Si tú partes!, ¡si me dejas!, ¿Qué va hacer de esta pobre madre abandonada?.

JESUS: ¡Calla, madre u señora!. Del sacro cielo, descendí a morir por el bien de la humanidad; tus entrañas fueron la copa perfumada que recibió el verbo divino. ¡No ruegues más!, ¡Mi hora se aproxima!. ¡Adiós, la cruz me espera!.

MARIA: ¡Oh! Dios que amargo es el cáliz de teda, que me has dado a beber.

NARRADOR: MARÍA ROMPIÓ EN UN LLANTO DESCONSOLADOR. JESÚS, SEGUIDO DE ALGUNOS DISCÍPULOS, EMPRENDIÓ LA MARCHA HACIA EL JORDÁN. SU MADRE Y LAS TRES MARIAS LE SIGUIERON A UNA DISTANCIA RESPETUOSA. LAS BONDADOSAS MUJERES EN VANO TRATABAN DE CONSOLAR DURANTE EL CAMINO A LA MADRE AFLIGIDA.

 

 

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