EL SUICIDA
NARRADOR:
MIENTRAS
TANTO, EN EL ATRIO DE LA CASA DEL PONTIFICE UN HOMBRE CUYA MIRADA RECELOSA
INSPIRA DESCONFIANZA, PREGUNTA A UNO LOS SOLDADOS CON PREOCUPADO ACENTO:
JUDAS:
¿Es cierto que Jesús ha sido sentenciado a muerte?
SOLDADO:
¡Y tan cierto es, como que nosotros estamos aquí esperando la orden, para
conducirlo ante el juez romano!
JUDAS:
¿Y no ha maldecido a nadie? ¿No ha dicho que un traidor lo ha vendido? ¿No ha
dicho nada?
SOLDADO:
¡Jesús lo ha soportado todo con una humildad incomprensible, y ha pedido a
Dios el perdón de sus enemigos y de sus jueces!
NARRADOR:
-JUDAS-, PUES ÉSTE ERA EL QUE DIRIGIA LAS ANTERIORES PREGUNTAS; AHOGANDO UN
DOLOROSO GEMIDO SALE DEL ATRIO AVERGONZADO DE SI MISMO, SE ENCAMINA A LA CIUDAD
DE DAVID.
CONFORME VA ALEJANDOSE, DEJA A SU DERECHA LA
ESCALERA DEL MONTE MORIA, DONDE HAY UN GRUPO DE ANCIANOS COMENTANDO, SIN DUDA,
EL ACONTECIMIENTO DE LA NOCHE.
LA BOLSA QUE CUELGA DEL CINTO DEL APOSTOL,
HACE SONAR EN SU FONDO LAS 30 MONEDAS DE PLATA.
CUANDO MÁS CORRE, MÁS LUGUBRE Y AMENAZADOR
ES EL ARGENTINO SONIDO DE LAS MONEDAS QUE LEVANTAN UN ECO DOLOROSO EN EL CORAZON
DEL MISERABLE.
JUDAS RECONOCE EN AQUEL GRUPO DE ANCIANOS A
ALGUNOS JUECES DEL SINEDRIO Y SE DETIENE.
UNA HORRIBLE SONRISA APARECE EN SUS LABIOS. SUS OJOS BRILLAN DE UN MODO SINIESTRO Y UNO DE LOS FARISEOS DICE:
FARISEO:
¡Ved al que le ha vendido!
JUDAS:
¡¡¡Si, yo he sido el infame, El miserable, El traidor!!!, Pero este dinero me
quema las manos, ¡Tomadle; para nada le quiero!
NARRADOR:
JUDAS ALARGA LA BOLSA A LOS ANCIANOS, PERO ELLOS RETROCEDEN MOSTRANDO SU
REPUGNANCIA.
FARISEO:
¡Ese dinero es tuyo, tu lo has ganado; nosotros no podemos admitirlo!
JUDAS:
¡Pues bien, yo lo ofrezco como una dádiva al templo!
FARISEO:
¡Esa dadiva mancharía
la dignidad del santo de los santos!
JUDAS:
¡Admitidle miserables! ¿Qué mayor mancha para el Dios invisible de Israel que
vuestras oraciones?
FARISEOS:
Esa no es cuenta nuestra, ¡vendiste, te pagamos!. Si tu conciencia te reprocha,
ve como puedes acallar tu conciencia.
JUDAS:
Conciencia, ella me grita del pecado que cometí, del crimen y no puedo
acallarla. Cada voz, cada murmullo es como un alarido que estremece mis huesos,
como una tempestad, diciendo, ¡Judas, traidor!.
Y en todas partes veo sus ojos, sus ojos
tiernos, dulces que ni siquiera me reprochan y que me miran.
Las hojas de los árboles me miran, los
flecos de las nubes me acuchillan; el aire tiene ojos que me acusan. Y son sus
ojos que perforan mi sangre.